Los crímenes de Emily

Queridos lectores:

El post de hoy es muy especial pues vamos a subir la primera parte del cuento criminal que nos habéis ayudado a escribir. El relato se publicará en dos post diferentes atendiendo a cada parte y al final lo subiremos completo para quien quiera leerlo en un solo documento.  

Os agradecemos a todos nuestros seguidores que hayáis participado en esta actividad tan bonita para nosotros. Este cuento se debe a vosotros, a Isabel Panadero y a Ángela Ortiz.

¡Esperamos que lo disfrutéis!

Los crímenes de Emily

La costumbre la había guiado de nuevo al bar de debajo de su casa a tomarse el café de las cinco de la tarde mientras leía el periódico. La noticia del día no le interesaba lo más mínimo, por lo que decidió dejar el periódico, pagar la cuenta y salir.

Al poco de abandonar el bar, la llamaron por teléfono:

—¿Detective Raquel? —una voz femenina se escucha al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Soy Sara, agente de la policía, la llamo porque ha habido un caso de asesinato, robo y secuestro y necesitamos su ayuda.

—Voy para allá.

Al llegar al cuartel de la policía, la agente Sara ya la estaba esperando para ir a la escena del crimen. La Comisaría de Policía Nacional no quedaba muy lejos del lugar. Al parecer, la víctima había sido asesinada entre las dos y las cuatro de la madrugada. El hombre, de entre unos cincuenta o sesenta años de edad, rico y casado, había sido brutalmente asesinado en medio de una habitación con una espada atravesada en el centro del cuerpo, en uno de los apartamentos que daban a la Plaza dos de Mayo en el barrio de Malasaña. Sara no escatimó en darle detalles hasta que llegaron al lugar.

—¿Qué es lo que han robado?

—Aún no hemos analizado todos los objetos personales de la víctima, pero parece que eran unas joyas que le había regalado a su mujer —Sara se coloca en una esquina de la sala para dejar a Raquel inspeccionar tranquilamente.

—Y la secuestrada es su mujer.

—Así es. Su mujer estaba hablando por teléfono en una habitación contigua a la escena del crimen cuando la secuestraron. El teléfono estaba descolgado y fue la persona que se hallaba al otro lado de la línea quien advirtió que algo ocurría.

—¿Algún testigo más o alguien que hubiera visto algo sospechoso? —pregunta Raquel mientras se agacha para inspeccionar mejor el cuerpo.

La víctima yacía boca abajo, con la espada clavada en el centro de la espalda, un brazo alargado sobre la cabeza y a pocos centímetros, una rosa blanca, aún fresca y sin gotas de sangre en comparación con el resto de la escena.

—El portero dice que el mayordomo salió de la casa horas antes de escuchar un estruendo. El hijo de la pareja estaba de fiesta con sus amigos. Solo estaba el matrimonio en la casa. La amiga de Emily, la mujer de la víctima, fue quien llamó a la policía al colgar el teléfono tras escuchar los gritos de su amiga al otro lado de la línea. Sin embargo, el hijo apareció antes que llegara la policía.

—¿No estaba de fiesta?

—Sí, lo que nos hace pensar que su coartada no es fiable. ¿Cómo pudo llegar antes que la policía si se encontraba en casa de unos amigos que viven en Alcalá de Henares? Está en comisaría para interrogarle. De momento es el principal sospechoso. ¡Ah!, una cosa más, la mujer del rico era escritora. Nos ha llamado la atención que su último manuscrito se hallara tirado en el suelo junto al cadáver, todo cubierto de sangre. Dudo que sea casualidad, pero ha quedado ilegible.

—Habrá que analizarlo. Por la disposición de la víctima, el escenario y los objetos implicados, este crimen lleva planeándose mucho tiempo. Lo mejor será que interroguemos al hijo de la pareja.

La casa estaba llena de policías y Raquel no podía deambular libremente. Sara le propuso de ir a comisaría mientras el resto de agentes empezaban a acordonar la zona para que nadie se acercase.

Al llegar a la comisaría, Raquel se dirigió directamente a la sala de interrogatorios, se sentó delante del sospechoso con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre la mesa, la cabeza un poco ladeada hacia un lado y, mirando a Daniel, le preguntó:

—¿Cómo te encuentras? Soy Raquel, detective privado.

El chico no dijo nada. Miraba la mesa, moviendo frenéticamente una pierna, las manos apoyadas en la otra pierna y la espalda algo encorvada. Parecía estar ausente o bajo los efectos de alguna sustancia.

—Daniel, ¿verdad? ¿A qué te dedicas? ¿Tienes algún trabajo? ¿Estudias? —Raquel intentaba hablar en un tono tranquilizador, cercano, pero el muchacho no reaccionaba—. ¿Dónde estabas anoche? —Fue al grano.

El sospechoso empezó a mover la cabeza de un lado para el otro, con la respiración algo agitada. La última pregunta de la detective le había hecho reaccionar, por lo que Raquel decidió soltarlo todo de golpe:

—Mira Daniel, tu padre ha sido asesinado brutalmente, tu madre secuestrada y tu casa está bajo arresto policial. Los agentes de la policía te encontraron en la escena del crimen cuando se suponía que estabas de fiesta, lo que te convierte en el principal sospechoso. Si no quieres colaborar, allá tú, pero yo no descansaré hasta encontrar a Emily y mientras tanto, te quedarás aquí con nosotros. Así que tú decides si quieres hablar o no. Te lo vuelvo a preguntar, ¿a qué te dedicas?

—Vivo la vida al límite —Daniel levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, llorosos y la voz tomada.

—No me cabe duda. ¿Sabes de alguien que tuviera alguna cuenta pendiente con tus padres?

—Debo dinero a mucha gente. Todos me conocen por ser el hijo de un rico. Todo el mundo quiere sacar tajada, por lo que, sí, casi todo el que me rodea tiene una cuenta pendiente conmigo y, sabiendo dónde vivo y quiénes son mis padres, posiblemente hayan querido saldar su deuda conmigo matando a mi padre y secuestrando a mi madre.

—¿A quién le debías más dinero?

Daniel comenzó a sollozar.

—A la mafia italiana. Les pedí un préstamo a cambio de un favor para poder llevar a cabo unos negocios. No salieron bien, por lo que les debía mucho dinero. Creo que en alguna de nuestras reuniones que solían celebrarse durante alguna fiesta, hablé más de la cuenta y les di a entender que en casa había suficiente dinero para saldar mi deuda, pero que mi padre no me dejaría llevármelo.

—¿Cómo es que estabas en la escena del crimen cuando llegó la policía? —Raquel se apoyó en el respaldo de su silla, cruzó las piernas y los brazos y miraba al sospechoso fijamente.

—Hubo una riña en la fiesta. Vi salir corriendo a varios miembros de la mafia. Pensé que iban directos a casa después de mi revelación. Pedí al chófer que me llevara inmediatamente a la casa. Cuando entré, mi madre no estaba y mi padre estaba atravesado por una espada, tirado en el suelo, todo lleno de sangre —Daniel comenzó a llorar. Parecía poco creíble lo que acababa de contarle. Sin duda, las pruebas apuntaban a él, pero Daniel no parecía saber que también habían robado las joyas de su madre, lo que le hizo pensar a Raquel que debía haber algo más.

La escena del crimen estaba llena de sangre, la habitación entera desordenada y la postura del cadáver apuntaba a que había sido asesinado por la espalda. Por el contrario, la rosa estaba fresca, blanca, impoluta, un detalle bastante peculiar teniendo en cuenta el desorden que había. Además, parecía que la habían colocado después de haber cometido el crimen. ¿Y la espada? No es propio de la mafia utilizar una espada como arma, ni tampoco entretenerse en dejar un objeto simbólico en la escena del crimen. La imagen más bien parecía el escenario de una película, el decorado para pintar un cuadro o para escribir una novela.

—De acuerdo Daniel, suponiendo que te crea, tengo que imaginar que unos tipos vestido de negro, con pistolas, que se dedican al mercado negro, por una serie de información que les diste, entraron en tu casa, secuestraron a tu madre, mataron a tu padre con una espada y se fueron sin más y  al poco rato llegaste tú.

—No me cree.

—Sinceramente, no sé qué creer ahora mismo. Todas las pruebas apuntan hacia ti, pero hay algo que me hace pensar que no has sido tú, porque sino sabrías que han desaparecido varios objetos de valor de tu casa.

—¿Qué objetos?

—Joyas que tu padre le regaló a tu madre.

—¿Qué joyas concretamente?

—¿Qué joyas crees tú que se llevaron?

—Las que mi madre guardaba en su joyero, encima de la cómoda, en la habitación de mis padres.

—¿Por qué supones que eran esas?

—Porque las otras nadie sabe dónde están, salvo mis padres y yo.

—¿Y dónde están esas que dices?

—Si la policía no las ha encontrado, quiere decir que aún siguen guardadas en su escondite, por lo que no pienso decir nada más.

—¿Es posible que alguien más que ustedes haya podido enterarse de la ubicación de esas supuestas joyas que mencionas?

—Imposible. Ni yo, por muy borracho o colocado que esté, soy capaz de decirlo. Era un secreto familiar.

—Entiendo. Vamos a dejarlo por hoy. Te dejaremos en libertad, pero eso no quiere decir que no sigas siendo sospechoso. Ándate con cuidado.

De camino a casa, Raquel no paraba de darle vueltas a la cabeza. Hay algo que no le encaja. Mientras interrogaba a Daniel cayó en la cuenta de que el manuscrito que Emily estaba escribiendo había aparecido en la escena del crimen, al lado del cadáver de la víctima y empapado de sangre hasta el punto que había quedado ilegible. ¿Qué hacía el manuscrito allí? Necesitaba volver a ver la habitación, investigarla y registrar toda la casa. ¿Qué joyas eran las que mencionaba Daniel? ¿Dónde se encontraban escondidas? Quizá el asesino sí que sabía donde estaban y se las llevó, pero la policía no ha encontrado rastros de que se hayan llevado nada más.

—Está decidido, esta noche voy a registrar la casa.

Ya en su casa cenó, se duchó, preparó sus cosas y esperó a que llegara la hora.

Raquel había pensado entrar por la puerta principal. Al ser la detective del caso, el portero la dejaría entrar sin problemas, pero eso supondría que quizá llamaría a la policía, pues es muy sospechoso que una detective entre en la casa del escenario de un crimen de madrugada, sola y sin escolta. Las casas como estas suelen tener el defecto y la ventaja de estar rodeadas por un jardín y que haya ventanas por todos los costados que den a él, por lo que a Raquel no le costó saltarse la valla de una parte del jardín, abrir una ventana y entrar a la casa.

Gracias a las farolas que rodean la mansión, entraba suficiente luz como para poder investigar libremente. No había señales de que hubieran forzado ninguna puerta ni ventana para entrar. El salón estaba intacto. La sala de reuniones donde Emily se encontraba hablando por teléfono cuando la secuestraron tampoco presentaba signos de haber sido registrada, tan solo el teléfono descolgado representaba la única ruptura del orden respecto al resto de la sala. Lo habían dejado descolgado, pero habían cortado la línea para que no sonara.

Un largo y estrecho pasillo se abría desde el salón. Estaba totalmente oscuro y desembocaba en una habitación amplia, cuadrada, llena de estanterías de pared a pared, con las baldas algo hundidas del peso de los libros. Allí, delante de la puerta, se hallaba la señal donde el cadáver había sido encontrado. La flor y el manuscrito se los había llevado la policía para examinarlos. Tan solo quedaba la alfombra con la mancha de sangre de la víctima.

Los libros acomodados en la estantería tenían el mismo tamaño. Ninguno sobresalía del resto. Todos con el mismo color y lomo. Más bien parecían un montaje fotográfico que libros reales. Este detalle no le pasó desapercibido a Raquel, que se dirigió con cuidado a la estantería de detrás de la mesa de despacho de la víctima y cogió uno. No era muy pesado ni demasiado grande, cabía perfectamente en la mano. Una preciosa edición ilustrada, de tapa dura, titulada El crimen de la calle Palma, escrito por una tal Lady Byron. Sin duda, un título y un seudónimo bastante curiosos. Al darle la vuelta al libro para ojearlo le llamó la atención un detalle: la foto de cubierta era una rosa blanca, exactamente igual que la que habían dejado al lado de la víctima.

Cogió otro ejemplar de los que había en la estantería y pudo comprobar que todos los libros del despacho eran el mismo. Raquel empezó a pasearse por la sala, con el libro en la mano. Guardó un ejemplar en la mochila para investigarlo más tarde y registró con cuidado la mesa de la víctima, sin éxito, por lo que decidió irse.

El ruido de una puerta abriéndose hizo retroceder a Raquel y esconderse tras el sofá del despacho. Unos pasos avanzaban sigilosamente por la tarima del pasillo largo que da hasta la escena del crimen. La madera chirrió por unos instantes al soportar el peso de la persona que la presiona, y a continuación, un silencio sepulcral invade la sala. Raquel permanece expectante a la espera de escuchar algún que otro ruido, pero no oye nada. Desde su localización no vislumbra a nadie, tan solo alcanza a ver el pasillo oscuro y vacío. Con suaves movimientos, la detective sale de su escondite, se incorpora y comienza a andar en dirección al salón, cuando una voz detrás de ella la detiene:

—¡Alto! ¡Manos arriba! —la voz femenina le resulta familiar. Se da la vuelta con cuidado, subiendo las manos hacia la cabeza. La persona frente a ella la apunta con una pistola, pero no consigue reconocer su rostro.

—¿Raquel? —la agente de policía Sara baja la pistola. Resopla—. Me has asustado. No te esperaba ver aquí.

—¿Cómo me has encontrado?

—He venido a investigar la escena del crimen y al entrar he visto que la puerta estaba abierta y temía que el asesino hubiera vuelto para robar algo más. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí a estas horas y sola?

—Lo mismo que tú. Algo no me encaja y necesitaba investigar a fondo.

—¿Has encontrado algo?

—Lo cierto es que… —unos pasos se acercan corriendo a través del pasillo. Un hombre joven, vestido con el uniforme policial aparece en el campo visual de ambas mujeres. Resopla un poco y se dirige a ambas:

—Hemos encontrado otro cadáver.

—¿De quién se trata? —pregunta Sara, angustiada.

—La víctima es una señora de cuarenta años fallecida a causa de una puñalada en el estómago.

—¿Sobre qué hora ha fallecido?

—Entre las dos y las cuatro de la madrugada.

—La misma franja horaria que la primera víctima —señala Raquel. Sara y ella se miran por unos instantes.

—De acuerdo, vamos para allá.

—Jefa, hay algo más. Ha aparecido una rosa blanca al lado del cadáver.

La escena del crimen presentaba los mismos elementos que la primera a excepción del arma, que en este caso era un estilete que le habían clavado a la señora en el estómago. La rosa blanca estaba ubicada en el mismo lugar que la primera, sin manchas de sangre, fresca, creando cierto orden dentro del desorden de la escena. La detective volvió a casa, se sirvió un vaso de licor de hierbas y se sentó en la cama con el libro que había escondido. Las primeras páginas estaban en blanco, tan solo la portadilla estaba escrita con el nombre de la autora y el título. No aparece el año de impresión ni la editorial, algo poco usual. Las primeras páginas comienzan a crearle cierta inquietud a Raquel. Se trata de una novela policíaca que comienza con el asesinato de un hombre rico atravesado por una espada. Las siguientes páginas hablan de un segundo asesinato, esta vez el de una mujer, apuñalada en el estómago. Hay un elemento que se repite en ambas historias y sin duda hace referencia a la propia portada del libro: la rosa blanca.

Raquel cierra el libro de repente, angustiada. Se levanta, temblorosa y comienza a reflexionar.

 El asesino está recreando los crímenes del libro.

Vuelve a la cama, coge el libro y continúa leyendo. La historia parece tener un tercer crimen, pero Raquel no puede prever dónde, cuándo ni quién será la víctima. Necesita analizar la situación a fondo y sabe que tendrá que hablar con Sara para que la ayude.

A primera hora de la mañana, con dos cafés bien cargados, el libro en la mochila y un cuaderno de notas, Raquel se presenta en la comisaría de policía en busca de Sara. La noche anterior no tuvo tiempo de contarle sus descubrimientos y, ahora que ya había avanzado en la investigación, podría darle más detalles a la policía y resolver el caso.

—Considero, Raquel, que tu descubrimiento nos abre una vía para impedir que se cometa otro asesinato. Lo único es que, quitando a Daniel, el hijo de la pareja, no tenemos ningún posible sospechoso más.

—Igual deberíamos presionar a Daniel para que nos cuente algo más.

—Mandaré a varios de mis agentes a que lo busquen. Mientras tanto, revisemos tus notas y el libro.

Hora y media más tarde aparece un policía conduciendo a Daniel a la sala de interrogatorios. Tiene cara de no haber dormido nada y de haber estado bebiendo toda la noche. Raquel y Sara se sientan frente a él. El sospechoso se muerde las uñas, mirándolas fijamente.

—Parece que no has dormido nada Daniel, ¿dónde has estado? —pregunta Raquel, tranquila.

—¿Qué te importa? ¿Vais a traerme aquí de visita todos los días?

—Sí que nos importa, y si hiciera falta que vinieras todos los días para resolver el caso, así haremos. Lo mejor es que colabores con nosotros —le dice Sara, defensiva—. Dinos, ¿dónde estuviste anoche?

—En el Casino Gran Vía.

—¿Estabas con alguien más o solo? —Sara se levanta y comienza a pasear por la sala, detrás de Daniel, mientras continúa preguntándole.

—En un casino es imposible estar solo.

—Sabes que no es a eso a lo que me refiero —contesta Sara. Empieza a agotársele la paciencia.

—Necesitamos saber si estuviste solo o no para verificar tu coartada. Si no puedes justificarla, tendremos que encerrarte. Eres el principal sospechoso de un doble asesinato. Tú sabrás lo que quieres contarnos o no —Raquel toma la palabra. Le dirige una mirada severa a Daniel, que parece incomodarse—. Hemos encontrado esto en casa de tu padre —Raquel saca el libro que se llevó de la estantería del despacho de la primera víctima, lo pone frente al sospechoso—, había más ejemplares iguales en el resto de la estancia. El nombre de la autora es un seudónimo, por lo que no hemos podido localizarla. ¿Sabes algo al respecto?

Daniel mira el libro fijamente, suspira.

—Este libro lo ha escrito mi madre.

—¿Emily es la autora? ¿Sabes qué significa la rosa blanca? —pregunta Raquel, incorporándose un poco hacia delante sobre la mesa.

—No he leído el libro. No tengo ni idea.

—¿Y sabes quién puede saber qué significa?

—Mi padre, pero está muerto. Una desgracia para usted.

Sara da un puñetazo en la mesa, al lado de donde se encuentra Daniel. Éste se sobresalta por el ruido e intenta alejarse de la policía.

—Si te crees muy listo, estás apañado. No nos quedará más remedio que encarcelarte por obstrucción a la justicia, ocultar información a la policía y por delitos de sangre.

Raquel le pide a Sara que se tranquilice y la deje seguir a ella con el interrogatorio, pero Sara parece no escucharla o no quiere atender a su petición. Coge a Daniel por el cuello de la camisa y lo obliga a echar el cuerpo para atrás, de modo que no le queda más remedio que mirar a la policía de frente.

—Han muerto ya dos personas y una mujer, que además es tu madre, sigue secuestrada. ¿Acaso no te importa lo que le pase a Emily?

—¿Acaso mi padre y yo le importamos a ella? —Daniel susurra estas palabras con dificultad, pues Sara le está apretando demasiado el cuello de la camisa y está perdiendo la respiración. Al ver que al sospechoso le cuesta respirar, afloja la mano con que lo agarra.

—¿Por qué dices eso? —Sara le hace una señal a Raquel que está tomando nota de todo lo que dice.

—Mi madre apenas estaba en casa. Se pasaba todo el día en casa de ese amante suyo que tiene.

—¿Cómo se llama? —la policía se agacha al lado de Daniel y lo mira fijamente.

—José Manuel Muñoz. Es un tío al que conoció por un libro que publicó mi madre. Será mejor que lo traigan aquí como han hecho conmigo. Quizá estéis dejando a ese asesino suelto por ahí mientras a mí me torturáis.

—No te estamos torturando, sino no dirías eso —ríe Sara, incorporándose y acercándose a Raquel.

Alguien llama a la puerta. Sin dar tiempo de que respondan, la puerta se abre y aparece un policía, alterado, con pinta de haber corrido mucho. Al otro lado de la puerta se escucha mucho alboroto. Algo no va bien.

—Jefa, detective, acabamos de recibir una prueba de vida de los secuestradores de Emily.

Sara y Raquel se apresuran a salir, dejando a Daniel solo.

—¡Eh! ¡No me dejéis aquí!

—¡Enseguida estamos contigo de nuevo! ¡Pórtate bien! —le grita Sara desde el otro lado de la puerta.

Por fin los secuestradores habían mostrado sus cartas. La prueba de vida era un vídeo de Emily, de un minuto de duración, en el que aparecía ella con el periódico del día. La mujer parecía muy asustada, pero a simple vista, no había señales de violencia, aunque la calidad del vídeo no dejara ver más detalles. Emily parecía estar encerrada en una habitación, pero estaba tan oscura que no se identificaba ni el suelo ni las paredes. El vídeo no contenía ningún mensaje ni petición. Sara y Raquel se miraron inquietas. Uno de los agentes de policía que estaban con ellas dijo:

—¿Qué sentido tiene secuestrar a alguien y no pedir nada a cambio?

—Eso es lo que tenemos que averiguar —contestó Sara, tajante—. Muy bien chicos, necesitamos que localicéis a otro posible sospechoso. Se llama José Manuel Muñoz. Quiero que lo traigáis aquí lo antes posible, ¿de acuerdo? —los agentes de policía asintieron a las órdenes de Sara. La detective y ella volvieron a la sala de interrogatorios a esperar a que trajeran al amante de Emily. Mientras tanto, le harían compañía a Daniel. Quizá pudiera revelarles algo más.

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