Los poemas de Laura II

Hacia el final de la década de los ochenta, con la adopción de nuevos recursos estilísticos, la combinación del clasicismo y el romanticismo y la influencia de nuevos escenarios, la poesía de Laura Méndez de Cuenca comienza a transformarse, deja atrás la estética romántica y la angustia existencial, que habían sido las notas predominantes en poemas anteriores y que —por su tono exasperado, pero, a la vez, resignado—, recordaban a los versos de algunos poetas del barroco, como Quevedo, (quien ya dos siglos antes escribía: «Breve combate de importuna guerra/ en mi defensa, soy peligro sumo/ y mientras con mis armas me consumo/ menos me hospeda el cuerpo que me entierra. Ya no es ayer; mañana no ha llegado/ hoy pasa, y es, y fue, con movimiento/ que a la muerte me lleva despeñado»), quizás por ese sentimiento compartido de crisis existencial.

Del año 1894 es su poema Cuarto Menguante, en el que la autora habla sobre la atracción sexual —que es en el poema fruto de la imaginación—, contraponiendo la realidad y la ensoñación, valiéndose de un estilo cercano al modernismo y al parnasiano:

En el calado biombo de laca,
esbelta grulla su cuerpo saca
por entre arbustos de rosa-té.
Y mariposas de canutillo
en los cojines de canapé.
[…]
Sobre su seno, como un tesoro,
preso en cadena de esmalte y oro,
luce la dama pardo reptil;
y cuando el bicho la cosquillea,
tiembla de espanto, ríe y arquea
su cuello blanco de marfil.
[…]
Por fin el sueño baja a la estancia:
ruedan las flores ya sin fragancia,
sube a los ojos blando sopor:
y en lo más grato del cabeceo
arde la sangre, quema el deseo
y avergonzado corre el amor.

Junto a Cuarto menguante, otros poemas como La tempestad, de 1901, constituyen la cara opuesta de la poética de Laura Méndez de Cuenca:

[…]
Tenaz la mosca en el mástil se prende
rastrea la inquieta golondrina el vuelo,
y el zopilote en espiral asciende;
y mientras en el negro y hosco cielo
su grácil curva el arcoíris prende,
en cataratas se convierte el cielo.
[…]

Los paisajes lúgubres de los primeros poemas han cambiado, en el nuevo imaginario lo que predomina son los elementos de la naturaleza, también presentes en Sequía, de 1902:

[…]
Reverbera la mica en la montaña
las hierbas sin aroma y sin rocío
se despojan del lujo del estío
y enhebra en ellas su cendal la araña.
[…]

Esta oposición entre el estilo de los poemas de la década de los ochenta y los poemas de los noventa ­—poemas fúnebres frente a otros coloristas, plásticos, cargados de musicalidad y de lirismo— responde a dos maneras distintas de afrontar su crisis personal; igual que los autores del barroco discernieron a la hora de afrontar los tiempos que les tocó vivir (Quevedo escribía los versos ya citados mientras Góngora se refugiaba en la belleza del mundo de Polifemo y Galatea), creando movimientos que se han considerado tradicionalmente opuestos, Laura Méndez de Cuenca aúna en su poética y en sí misma esa escisión entre las dos vertientes, entre esas dos formas distintas de escapar de una realidad compleja.

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