La educación en igualdad y en libertad de las niñas de su época fue una de las grandes preocupaciones de Laura Méndez de Cuenca. Pero conseguir unas mejores condiciones de vida para las mujeres que esas niñas serían en el futuro no se podía limitar a decirles que eran iguales y podían conseguir vivir de su trabajo, como consiguió Laura; había que cambiar muchas cosas.
El Banco Mundial concluyó en febrero de este año que «las ciudades se han construido para un usuario masculino “neutro”, con lo que quedan desatendidas las necesidades, los intereses y los hábitos de las mujeres y las niñas de la ciudad». El urbanismo, viene a decir esta institución, necesita perspectiva de género. Un siglo antes, Laura Méndez de Cuenca aplicó esta misma visión al hogar mexicano, y plasmó sus ideas en uno de tantos manuales para la educación de las niñas que escribió.
En 1907 se publicaron los dos volúmenes que forman El hogar mexicano: nociones de economía doméstica para uso de las alumnas de instrucción primaria, que se reeditarían en 1910 y en 1914. En esta obra, plagada de ilustraciones, Laura acompaña a las alumnas en una visita por las distintas estancias que debe tener el «hogar moderno» para la «mujer moderna».
La autora de Cuentos criminales aboga en este libro por unas casas que no sean solo el lugar donde la mujer cuida a sus hijos mientras su marido trabaja, sino también un verdadero hogar para ella. Concede una especial importancia al baño moderno, que ella había conocido en EE. UU. y que le había causado mucha impresión. Mientras en Ciudad de México las casas contaban casi en exclusiva con letrinas, muy incómodo para las mujeres, en San Francisco la canalización pública permitía que en las casas hubiera un lavabo, una bañera y un váter.

Por supuesto, los cambios que sugería Laura no se quedaban en el baño; modernizar las cocinas para agilizar y facilitar esas tareas era otra de la propuesta. Proponía además la creación de una habitación exclusiva para las mujeres, pero no para realizar sus labores sino para poder llevar a cabo su trabajo. Un estudio o biblioteca donde la periodista o escritora desarrollase su trabajo con absoluta tranquilidad. Una idea precursora del «cuarto propio» de Virginia Woolf («para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».
Laura Méndez de Cuenca era consciente de que estos cambios son lentos, por eso pensó que lo mejor era mostrárselos a las niñas. Ella misma tardó en tener en su México natal una casa con todas estas características. Por fin, ya jubilada, pocos años antes de su muerte, pudo comprar una casa en México que contase con todos los avances que había conocido a lo largo de sus muchos viajes.